LA CUEVA de SAN PASCUAL en ORITO

La Cueva de san Pascual

Nº 2  Enero 2005

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SAN PASCUAL, ESCRITOR

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CONSIDERACIONES SOBRE EL  “CARTAPACIO” DE SAN PASCUAL

      Entre las afirmaciones más claras y contundentes de los testigos en el proceso de beatificación de san Pascual, después de que era muy buena persona y muy buen cristiano, hay una que aparece con más insistencia: San Pascual sabía leer y escribir. Curiosísimo, por ejemplo, el testimonio de Miguel Juan Puxalt sobre la manera tan original que tenía de conseguirse tinta para sus notas cuando estaba en el campo con el ganado: le pinchaba la oreja de una oveja para utilizar su sangre.

      Ahora bien, hay un hecho ciertamente sorprendente. A pesar de las referencias al Cartapacio, hechas por algunos de los biógrafos antiguos del Santo, y de la transcripción de algunas piezas en sus obras, el texto de san Pascual permaneció inédito durante cuatro siglos. Los escritos del Santo veían por primer vez la luz pública de un modo autónomo, es decir, no incluidos den­tro de los relatos de su vida, en 1911, cuando el P. Jaime Sala, franciscano, publicaba el Cartapacio de san Pascual, que acababa de llegar a sus manos (Opúsculos de San Pascual Bailón, patrón de todas las asociaciones eucarísticas, sacados del Cartapacio autógrafo, ordenados, anotados y precedidos de una introducción biobibliográfica por el P. Fr. Jaime Sala, franciscano de la Provincia de Valencia. Toledo, Imprenta de Rodríguez y Hermano, 1911).

      Hay que agradecerle su meritorio y erudito trabajo. Y sin quitarle ninguno de los méritos que tiene la obra de Sala, sin embargo, dos reparos se le pueden hacer.

      Primero: No haber respetado el orden de los escritos según aparecen en el Car­tapacio. El editor, siguiendo criterios sistemáticos, que no dejan de ser algo subjetivo, los agrupó en 19 opúsculos, subdividiéndolos en capítulos, a los cuales les puso títu­los. La impresión que uno se hace al leer el libro es que san Pascual  escribió una obra muy bien pensada y estructurada y de un tirón. Sin embargo, cuando se conoce mejor la forma como escribió el Santo su Cartapacio hay que desestimar la impresión ante­rior. Analizando detenidamente el trabajo de Sala, una conclusión se impone: se trata de una perfecta labor de maquillaje lo que hizo con el manuscrito de san Pascual; es una especie de censura y de falta de respeto para con el original.

      Segundo: No haber publicado íntegramente el contenido del Cartapacio. Aun­que es verdad que no todo lo que hay en él lo escribió san Pascual, sin embargo, es in­te­resante saber y tener a mano todo el material tal y como él se lo compiló para su li­bro-fichero, pues así podría definirse el manuscrito.

      La forma de composición del Cartapacio por parte de san Pascual es ciertamente curiosa, aunque normal y corriente en aquel tiempo. El mismo nos la expresa con mu­cha precisión en el preámbulo-portada de su manuscrito, después de un encabeza­miento bien solemne, dando muestra, al menos a primera vista, de una honradez inte­lectual, no apropiándose de lo que no es suyo: “En el nombre de la Santísima Trinidad, Padre, e Hijo, y Espíritu Santo, tres Personas y un solo Dios verdadero, que creó todas las co­sas, así visibles como invisibles. A él sea gloria e imperio por todos los siglos de los siglos. Amén. Jesús. María. Yo, fray Pascual Baylón, natural de la villa de Torrehermosa, de Santa María de Huerta, escribí este Cartapacio para mi recreación espiritual, el cual saqué de mu­chos libros fielmente”.

      San Pascual, pues, se dedicó a copiar trozos, más o menos largos, de páginas de libros que circulaban por los conventos de la Provincia descalza de San Juan Bautista, y tenían especial significado para él. Por eso, en el manuscrito encontramos de todo: desde homilías de san Agustín o san Beda el Venerable hasta oraciones, máximas, o poesías; desde textos franciscanos, como la Regla y el Testamento de san Francisco, y extractos de declaraciones pontificias de la misma Regla franciscana, hasta párrafos que tratan de la vida contemplativa y de la unión con Dios o catálogos de indulgencias; desde un calendario con indicaciones sobre el sol y la luna de cada mes, hasta un grupo de oracio­nes para antes y después de comulgar. El resultado, pues, de todo ello es una compila­ción de textos de muy diver­sas procedencias y estilos.

      Y un detalle curioso de san Pascual escritor. En el folio 33r comienza a copiar el Espejo espiritual de Antonio de Santa María; pero el escrito termina al octavo renglón, siguiendo unos cuantos folios en blanco ¿Qué ocurrió? Probablemente, habiendo co­menzado esta tarea, san Pascual fue trasladado de convento y ya no tuvo a su alcance el libro men­cionado. Se dejó unos cuantos folios en blanco para, cuando se presentara una mejor ocasión, seguir copiando del libro. Pero se ve que esa ocasión ya no se le presentó, y los folios se quedaron en blanco para siempre.

      Que san Pascual escribía, que tomaba apuntes de lo que leía, que de vez en cuando se entregaba a la labor literaria, es cosa que conocen todos los contemporá­neos. Así fray Jaime Castellón dice que recogía los papeles tirados para sus libritos. El padre Pedro Albó nos indica que trabajaba, leía y escribía cosas espirituales. El padre Juan Ros testifica que escribió unos libritos de cosas espirituales de tanta pobreza que no ha­bía página entera, sino trozos de papel abandonado. Casi todos los que mencio­nan los escritos los califican de pobrísimos en cuanto al material. Pero quien más nos in­forma sobre los escritos de san Pascual, a los que dedica amplios párrafos, es el P. Juan Ximénez, su primer biógrafo: Crónica del B. Fray Pasqual Baylon... Valencia, junto al molino de Rovella, 1601).

Es curioso también conocer el “recado de escribir” que poseía y utilizaba, según el sacerdote Juan Jordá, amigo del convento de Villarreal, que entró en su celda a la muerte del Santo: unos papeles que le deparaba el aire, esparciéndolos por el suelo y que él recogía, un tintero de caña, y por pluma... la de una golondrina. Tal vez esto explique el tamaño diminuto, en general, de la letra en muchos folios.

      Así pues, de las indicaciones reseñadas hasta aquí se puede sacar la siguiente conclusión: Hay que dejar a un lado la idea, tantas veces propagada, de un san Pascual inculto e ignorante. Ahora bien, ello no significa caer en las exageraciones de ciertos autores, antiguos y modernos, que nos lo quieren pre­sentar como una especie de doctor de la Iglesia. Una estrofa de los Gozos del Santo apunta en ese sentido:

                                   De ciencia infusa dotado,

                                   siendo lego, sois doctor,

                                   profeta y predicador,

                                   teólogo consumado;

                                   de alcanzar ciencia abogado

                                   al humano entendimiento.

      Ciertamente, para su tiempo, el siglo XVI, saber leer y escribir era un privilegio minoritario entre la población española. Con todo, su misma caligrafía, que intenta copiar más o menos bien las letras de molde de los libros, nos da a en­tender que sus conocimientos no los adquirió en las aulas, sino a ratos perdidos y por libre. Hay mu­cha diferencia entre los folios escritos directamente por él y los que en­contró ya co­piados e incorporó a su Cartapacio. Prueba de ello son las filigranas de ciertas letras y títulos de los capítulos de la Regla y la terminación del Testamento de san Francisco, escritos que no salieron, ciertamente, de su mano. Podríamos decir, sin equivocarnos mucho, que san Pascual está más cerca de ser un autodidacta que un frecuentador de las aulas.

      El examen de su Cartapacio también nos informa de algunos aspectos acerca del contenido de los escritos y del conocimiento reflejo de la fe que tenía el Santo. En san Pascual no encontramos lo que podríamos definir como un conocimiento activo de la fe; me refiero a una elaboración y reflexión teológica personal de dicha fe, ni tampoco nos transmite vivencias personales de la misma, al estilo, por ejemplo, de santa Te­resa de Jesús o san Juan de la Cruz.  Sus escri­tos, más bien, podemos encuadrarlos dentro de una especie de conocimiento pasivo; es decir, copiar cosas producidas por los demás. Esto no le quita ningún mérito al Santo; a todos nos pasa lo mismo: entendemos más cosas cuando leemos que después cuando pasamos a expresarnos por escrito. Un texto de la biografía del P. Ximénez nos confirma lo dicho: “De mí sé decir, que quise algunas veces probar su teología, y que me admiraban sus sutiles respuestas. Porque, aunque no me respon­día en los términos escolásticos de los teólogos, me contestaba en un len­guaje llano y sencillo, y llegaba a las mismas conclusiones que los en­tendidos sacan con sus argumentos”.

      ¿Ha llegado hasta nosotros la totalidad de los escritos del Santo? Por ciertas in­dicaciones de los biógrafos antiguos, como se señalará más adelante, parece que no. Más bien, hay que aceptar como algo evidente la pérdida irreparable de algu­nos de ellos. Es más, el mismo Cartapacio ha ido perdiendo folios a lo largo de su existencia. Cada recuento que tenemos de ellos, es siempre más bajo en número. Por otra parte, dado el deterioro en que se en­cuen­tran bastantes folios del manuscrito, su contenido no se puede transcribir ya en su in­tegridad.

      El P. Jaime Sala lo expresa claramente en su libro, ya varias veces mencionado: “Sin contar que se han extraviado algunos opúsculos del Santo y que otros como el de la Alegría de los ángeles en la conversión del pe­cador y la Descripción de la celestial bienaventuranza, no pueden copiarse ínte­gros por ha­llarse cuarteadas y aún desechas muchas hojas, faltan ocho o diez ho­jas en las composiciones más características del amante de la Eucaris­tía, y por ende de mayor interés, esto es, en las canciones que escribió en honra del Santísimo Sacramento.