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CONSIDERACIONES SOBRE EL
“CARTAPACIO” DE SAN PASCUAL
Entre las afirmaciones más claras y
contundentes de los testigos en el proceso de beatificación de san
Pascual, después de que era muy buena persona y muy buen cristiano,
hay una que aparece con más insistencia: San Pascual sabía leer y
escribir. Curiosísimo, por ejemplo, el testimonio de Miguel Juan
Puxalt sobre la manera tan original que tenía de conseguirse tinta
para sus notas cuando estaba en el campo con el ganado: le pinchaba
la oreja de una oveja para utilizar su sangre.
Ahora bien, hay un hecho ciertamente
sorprendente. A pesar de las referencias al Cartapacio,
hechas por algunos de los biógrafos antiguos del Santo, y de la
transcripción de algunas piezas en sus obras, el texto de san
Pascual permaneció inédito durante cuatro siglos. Los escritos del
Santo veían por primer vez la luz pública de un modo autónomo, es
decir, no incluidos dentro de los relatos de su vida, en 1911,
cuando el P. Jaime Sala, franciscano, publicaba el Cartapacio
de san Pascual, que acababa de llegar a sus manos (Opúsculos de
San Pascual Bailón, patrón de todas las asociaciones eucarísticas,
sacados del Cartapacio autógrafo, ordenados, anotados y precedidos
de una introducción biobibliográfica por el P. Fr. Jaime Sala,
franciscano de la Provincia de Valencia. Toledo, Imprenta de
Rodríguez y Hermano, 1911).
Hay que agradecerle su meritorio y
erudito trabajo. Y sin quitarle ninguno de los méritos que tiene la
obra de Sala, sin embargo, dos reparos se le pueden hacer.
Primero: No haber respetado el orden de
los escritos según aparecen en el Cartapacio. El editor,
siguiendo criterios sistemáticos, que no dejan de ser algo
subjetivo, los agrupó en 19 opúsculos, subdividiéndolos en
capítulos, a los cuales les puso títulos. La impresión que uno se
hace al leer el libro es que san Pascual escribió una obra muy bien
pensada y estructurada y de un tirón. Sin embargo, cuando se conoce
mejor la forma como escribió el Santo su Cartapacio hay que
desestimar la impresión anterior. Analizando detenidamente el
trabajo de Sala, una conclusión se impone: se trata de una perfecta
labor de maquillaje lo que hizo con el manuscrito de san Pascual; es
una especie de censura y de falta de respeto para con el original.
Segundo: No haber publicado íntegramente
el contenido del Cartapacio. Aunque es verdad que no todo lo
que hay en él lo escribió san Pascual, sin embargo, es interesante
saber y tener a mano todo el material tal y como él se lo compiló
para su libro-fichero, pues así podría definirse el manuscrito.
La forma de composición del
Cartapacio por parte de san Pascual es ciertamente curiosa,
aunque normal y corriente en aquel tiempo. El mismo nos la expresa
con mucha precisión en el preámbulo-portada de su manuscrito,
después de un encabezamiento bien solemne, dando muestra, al menos
a primera vista, de una honradez intelectual, no apropiándose de lo
que no es suyo: “En el nombre de la Santísima Trinidad, Padre, e
Hijo, y Espíritu Santo, tres Personas y un solo Dios verdadero, que
creó todas las cosas, así visibles como invisibles. A él sea gloria
e imperio por todos los siglos de los siglos. Amén. Jesús. María.
Yo, fray Pascual Baylón, natural de la villa de Torrehermosa, de
Santa María de Huerta, escribí este Cartapacio para mi recreación
espiritual, el cual saqué de muchos libros fielmente”.
San Pascual, pues, se dedicó a copiar
trozos, más o menos largos, de páginas de libros que circulaban por
los conventos de la Provincia descalza de San Juan Bautista, y
tenían especial significado para él. Por eso, en el manuscrito
encontramos de todo: desde homilías de san Agustín o san Beda el
Venerable hasta oraciones, máximas, o poesías; desde textos
franciscanos, como la Regla y el Testamento de san Francisco, y
extractos de declaraciones pontificias de la misma Regla
franciscana, hasta párrafos que tratan de la vida contemplativa y de
la unión con Dios o catálogos de indulgencias; desde un calendario
con indicaciones sobre el sol y la luna de cada mes, hasta un grupo
de oraciones para antes y después de comulgar. El resultado, pues,
de todo ello es una compilación de textos de muy diversas
procedencias y estilos.
Y un detalle curioso de san Pascual
escritor. En el folio 33r comienza a copiar el Espejo espiritual
de Antonio de Santa María; pero el escrito termina al octavo
renglón, siguiendo unos cuantos folios en blanco ¿Qué ocurrió?
Probablemente, habiendo comenzado esta tarea, san Pascual fue
trasladado de convento y ya no tuvo a su alcance el libro
mencionado. Se dejó unos cuantos folios en blanco para, cuando se
presentara una mejor ocasión, seguir copiando del libro. Pero se ve
que esa ocasión ya no se le presentó, y los folios se quedaron en
blanco para siempre.
Que san Pascual escribía, que tomaba
apuntes de lo que leía, que de vez en cuando s e
entregaba a la labor literaria, es cosa que conocen todos los
contemporáneos. Así fray Jaime Castellón dice que recogía los
papeles tirados para sus libritos. El padre Pedro Albó nos indica
que trabajaba, leía y escribía cosas espirituales. El padre Juan Ros
testifica que escribió unos libritos de cosas espirituales de tanta
pobreza que no había página entera, sino trozos de papel
abandonado. Casi todos los que mencionan los escritos los califican
de pobrísimos en cuanto al material. Pero quien más nos informa
sobre los escritos de san Pascual, a los que dedica amplios
párrafos, es el P. Juan Ximénez, su primer biógrafo: Crónica del
B. Fray Pasqual Baylon... Valencia, junto al molino de Rovella,
1601).
Es curioso también conocer el “recado de
escribir” que poseía y utilizaba, según el sacerdote Juan Jordá,
amigo del convento de Villarreal, que entró en su celda a la muerte
del Santo: unos papeles que le deparaba el aire, esparciéndolos por
el suelo y que él recogía, un tintero de caña, y por pluma... la de
una golondrina. Tal vez esto explique el tamaño diminuto, en
general, de la letra en muchos folios.
Así pues, de las indicaciones reseñadas
hasta aquí se puede sacar la siguiente conclusión: Hay que dejar a
un lado la idea, tantas veces propagada, de un san Pascual inculto e
ignorante. Ahora bien, ello no significa caer en las exageraciones
de ciertos autores, antiguos y modernos, que nos lo quieren
presentar como una especie de doctor de la Iglesia. Una estrofa de
los Gozos del Santo apunta en ese sentido:
De ciencia
infusa dotado,
siendo
lego, sois doctor,
profeta y
predicador,
teólogo
consumado;
de alcanzar
ciencia abogado
al humano
entendimiento.
Ciertamente, para su tiempo, el siglo
XVI, saber leer y escribir era un privilegio minoritario entre la
población española. Con todo, su misma caligrafía, que intenta
copiar más o menos bien las letras de molde de los libros, nos da a
entender que sus conocimientos no los adquirió en las aulas, sino a
ratos perdidos y por libre. Hay mucha diferencia entre los folios
escritos directamente por él y los que encontró ya copiados e
incorporó a su Cartapacio. Prueba de ello son las filigranas
de ciertas letras y títulos de los capítulos de la Regla y la
terminación del Testamento de san Francisco, escritos que no
salieron, ciertamente, de su mano. Podríamos decir, sin equivocarnos
mucho, que san Pascual está más cerca de ser un autodidacta que un
frecuentador de las aulas.
El examen de su Cartapacio
también nos informa de algunos aspectos acerca del contenido de los
escritos y del conocimiento reflejo de la fe que tenía el Santo. En
san Pascual no encontramos lo que podríamos definir como un
conocimiento activo de la fe; me refiero a una elaboración y
reflexión teológica personal de dicha fe, ni tampoco nos transmite
vivencias personales de la misma, al estilo, por ejemplo, de santa
Teresa de Jesús o san Juan de la Cruz. Sus escritos, más bien,
podemos encuadrarlos dentro de una especie de conocimiento pasivo;
es decir, copiar cosas producidas por los demás. Esto no le quita
ningún mérito al Santo; a todos nos pasa lo mismo: entendemos más
cosas cuando leemos que después cuando pasamos a expresarnos por
escrito. Un texto de la biografía del P. Ximénez nos confirma lo
dicho: “De mí sé decir, que quise algunas veces probar su teología,
y que me admiraban sus sutiles respuestas. Porque, aunque no me
respondía en los términos escolásticos de los teólogos, me
contestaba en un lenguaje llano y sencillo, y llegaba a las mismas
conclusiones que los entendidos sacan con sus argumentos”.
¿Ha llegado hasta nosotros la totalidad
de los escritos del Santo? Por ciertas indicaciones de los
biógrafos antiguos, como se señalará más adelante, parece que no.
Más bien, hay que aceptar como algo evidente la pérdida irreparable
de algunos de ellos. Es más, el mismo Cartapacio ha ido
perdiendo folios a lo largo de su existencia. Cada recuento que
tenemos de ellos, es siempre más bajo en número. Por otra parte,
dado el deterioro en que se encuentran bastantes folios del
manuscrito, su contenido no se puede transcribir ya en su
integridad.
El P. Jaime Sala lo expresa claramente
en su libro, ya varias veces mencionado: “Sin contar que se han
extraviado algunos opúsculos del Santo y que otros como el de la
Alegría de los ángeles en la conversión del pecador y la
Descripción de la celestial bienaventuranza, no pueden copiarse
íntegros por hallarse cuarteadas y aún desechas muchas hojas,
faltan ocho o diez hojas en las composiciones más características
del amante de la Eucaristía, y por ende de mayor interés, esto es,
en las canciones que escribió en honra del Santísimo Sacramento. |